Nos dispusimos al alba para comenzar con nuestra marcha, cuando a nuestro grupo se unieron unos nuevos guerreros, los arcadios, a los que pude ver hablar con mi señor. Al fin nos pusimos rumbo a lo que seria nuestra tumba. No tenía noción de cuanto llevábamos caminando, solo sabía que la fatiga nos quemaba por dentro y algunos de nosotros no podíamos resistir.Durante el viaje algunos de esos arcadios iban cantando canciones típicas, no mostraban nuestra templanza, no estaban a la altura.
Al anochecer, como si de un milagro se tratase una lluvia fuerte y agradecida nos sorprendió, pero fue más la sorpresa que nos llevamos cuando pudimos observar que las naves de los persas se estrellaban contra las rocas. Toda la unidad representábamos sonrisas en nuestras caras. Solo él se mostraba indiferente.
Hicimos un alto en el cual tuvimos que hacer nuestro entrenamiento diario y pude oír algo acerca de un emisario persa.
Se nos dio órdenes a mí y a mis compañeros de erradicar cualquier tipo de amenaza persa. No teníamos intenciones de negociar.
Como si el mismo infierno fuera a alcanzarnos vimos el ejército más grande jamás soñado. Nuestro rey ordenó que nos pusiéramos en formación, fue entones cuando llegaron las unidades enemigas. Nosotros pusimos el valor y las armas, la euforia hizo el resto, hicimos retroceder a todo el ejército haciéndolo caer por un acantilado. De repente perdí de vista mi sombra en el suelo, las flechas del ejército de Jerjes intentaban abatirnos, resistimos con nuestros escudos como rocas contra el mar, firmes.
Más tarde mi señor se ausentó para negociar con el rey persa.
Al anochecer decidimos crear un muro con los cadáveres y escondernos entre ellos. Vimos como las tropas de Jerjes llegaban hasta nosotros y fue cuando comenzamos a empujar, depositamos el cuerpo de más de cincuenta hombres sobre la cabeza de los persas y así comenzó la carnicería, fue una batalla dura, que no solo dejo marcada en mi mente sino que me hizo perder parcialmente mi vista.
Aunque no estuviese en mis mejores condiciones debía seguir combatiendo junto a mis hermanos.
A pesar de mi falta de visión pude observar en la batalla a criaturas tan grandes como montañas que resbalaban torpemente por los precipicios llevándose a muchos persas con ellos.
La segunda noche…
Mi señor, Leonidas me ordenó contar una historia a mis hermanos la cual le subiera el ánimo. A la mañana siguiente creyó oportuno enviarme de nuevo a Esparta con sus últimas órdenes, con la intención de hacer saber a todo el mundo lo que ocurrió en las Termópilas.
Con el ánimo triste, pesaroso, el paso lento y cansado, recorrí el camino de vuelta. Negros nubarrones nublaban el cielo y en mi corazón pesaban como plomo.








