lunes 24 de marzo de 2008

Dilios, el superviviente

Nos dispusimos al alba para comenzar con nuestra marcha, cuando a nuestro grupo se unieron unos nuevos guerreros, los arcadios, a los que pude ver hablar con mi señor. Al fin nos pusimos rumbo a lo que seria nuestra tumba. No tenía noción de cuanto llevábamos caminando, solo sabía que la fatiga nos quemaba por dentro y algunos de nosotros no podíamos resistir.

Durante el viaje algunos de esos arcadios iban cantando canciones típicas, no mostraban nuestra templanza, no estaban a la altura.

Al anochecer, como si de un milagro se tratase una lluvia fuerte y agradecida nos sorprendió, pero fue más la sorpresa que nos llevamos cuando pudimos observar que las naves de los persas se estrellaban contra las rocas. Toda la unidad representábamos sonrisas en nuestras caras. Solo él se mostraba indiferente.

Hicimos un alto en el cual tuvimos que hacer nuestro entrenamiento diario y pude oír algo acerca de un emisario persa.

Se nos dio órdenes a mí y a mis compañeros de erradicar cualquier tipo de amenaza persa. No teníamos intenciones de negociar.

Como si el mismo infierno fuera a alcanzarnos vimos el ejército más grande jamás soñado. Nuestro rey ordenó que nos pusiéramos en formación, fue entones cuando llegaron las unidades enemigas. Nosotros pusimos el valor y las armas, la euforia hizo el resto, hicimos retroceder a todo el ejército haciéndolo caer por un acantilado. De repente perdí de vista mi sombra en el suelo, las flechas del ejército de Jerjes intentaban abatirnos, resistimos con nuestros escudos como rocas contra el mar, firmes.

Más tarde mi señor se ausentó para negociar con el rey persa.

Al anochecer decidimos crear un muro con los cadáveres y escondernos entre ellos. Vimos como las tropas de Jerjes llegaban hasta nosotros y fue cuando comenzamos a empujar, depositamos el cuerpo de más de cincuenta hombres sobre la cabeza de los persas y así comenzó la carnicería, fue una batalla dura, que no solo dejo marcada en mi mente sino que me hizo perder parcialmente mi vista.

Aunque no estuviese en mis mejores condiciones debía seguir combatiendo junto a mis hermanos.

A pesar de mi falta de visión pude observar en la batalla a criaturas tan grandes como montañas que resbalaban torpemente por los precipicios llevándose a muchos persas con ellos.

La segunda noche…

Mi señor, Leonidas me ordenó contar una historia a mis hermanos la cual le subiera el ánimo. A la mañana siguiente creyó oportuno enviarme de nuevo a Esparta con sus últimas órdenes, con la intención de hacer saber a todo el mundo lo que ocurrió en las Termópilas.

Con el ánimo triste, pesaroso, el paso lento y cansado, recorrí el camino de vuelta. Negros nubarrones nublaban el cielo y en mi corazón pesaban como plomo.

jueves 13 de marzo de 2008

Capitán Stelios


Al alba pusimos rumbo hacia las Termópilas, caminábamos sin descanso alguno cuando nos encontramos a Daxos y sus hombres los cuales no me parecían muy cualificados para la batalla pues no poseían grandes aptitudes para la guerra…
Marchaba tras Leónidas tres días de camino insoportables junto a los otros espartanos, el calor era sofocante, teníamos la garganta seca, cuando de entre las filas cayó mareado el joven Estenios. Yo le di el castigo que se merecía para que no volviera a ocurrir. De repente Leónidas me golpeó y caí abatido, el líder ordenó a Estenios que me llevase en sus hombros el resto del camino y por semejante vergüenza que le causamos nos dejó sin alimentos hasta el final del viaje. Llegábamos a la boca del infierno…
Una noche los Dioses decidieron premiarnos con una generosa lluvia, agitaban los cielos y los mares, al horizonte podíamos divisar a las naves persas en apuros, los cadáveres se apilaban entre las rocas mientras nosotros los observábamos con júbilo pero solo él, solo el rey mantenía sus pensamientos amargos.
Tras someter a la unidad a su entrenamiento rutinario nos fue enviado un mensajero de Jerjes, al cual decidimos darle una bienvenida espartana, los que sobrevivieron decidieron huir.
La tierra temblaba, se acerca una bestia que huele su presa, un ejército, una horda inimaginablemente grande empeñada en devorar la pequeña Grecia, en eliminar la única esperanza de razón y justicia que le queda al mundo.
Hago saber a mi rey que se acercan los persas, reagrupamos nuestras filas nos preparamos para la batalla, Leónidas nos gritaba sus sabias ordenes para que nos uniésemos y fuéramos una sola criatura.
Hicimos retroceder a la unidad persa hasta hacerla caer al mar salado.
De repente como si de un eclipse se tratase vimos ocultarse el sol, las letales flechas persas oscurecían el cielo, yo al igual que el resto de la unidad me cubrí con mi escudo haciéndonos inmunes a sus ataques…
Los persas caían uno tras otro sin piedad, suplicaban clemencia muchos eran ya los cadáveres amontonados y a ningún espartano habían dañado su yelmo. Cesa la batalla y mi querido rey se reúne con la más grande de las escorias, Jerjes. Solo supe que no llegaron a ningún acuerdo.
La primera noche.
Yo ordenaba a mis hombres apilar a los cadáveres en forma de muralla, mientras estábamos frescos y con toda nuestra fuerza, antes de que las heridas y el cansancio se cobre su precio el rey loco nos envía lo mejor que tiene. Los inmortales, la guardia personal del rey Jerjes. Este cayó en la trampa, empujamos la muralla de cadáveres sobre sus cabezas y poníamos a prueba su nombre de inmortales.
Fue entonces cuando los Arcadios, los aficionados hombres de Daxos hicieron su entrada observé a Jerjes contemplando la batalla creyéndose un dios. En esta ocasión la batalla causó algunas bajas en mis hombres pero los inmortales no hicieron fama a su nombre. La guerra aun no había acabado…
Los persas utilizaban todo tipo de criaturas, cabalgaban veloces los caballos, monstruos traídos desde medio mundo acababan con sus propias tropas, bestias entupidas y torpes caían por los precipicios. El día pasa y perdemos a pocos hombres pero cada uno que cae es un amigo o un pariente, pude oír los gritos de dolor de mi propio hijo, ni tres hombres me pudieron parar, rompí las filas, me volví loco y sediento de sangre.
La sed de venganza alimentaba mi cólera, el día era triste había perdido a mi único hijo y una sensación de dolor y angustia me recorría todos los rincones de mi ser.
A la segunda noche uno de mis hombres abandonó la unidad pues los dioses así lo decidieron, fue enviado a Esparta para entregar las últimas órdenes al consejo y para que supiesen todo lo que ocurrió en las termópilas
Faltaba poco para la batalla final, todo el ejercito persa estaba ante nuestros ya menos de trescientos espartanos, estábamos totalmente rodeados y Jerjes sentado en su trono rodeado de su guardia personal como un si de un dios se tratase nos obligó a rendirnos, mi señor obedeció, se quitó su yelmo, abandonó su capa y depositó su escudo a sus pies. Se inclinó ante Jerjes mostrando su fidelidad, entonces Leónidas nos dio su ultima orden: Atacad!!!
Pude contemplar a Leónidas arrojando su lanza a Jerjes cuando el cielo de nuevo se oscureció trayendo consigo los aguijones causantes de mi muerte…

miércoles 12 de marzo de 2008

Los que estuvimos en las Termópilas

(Tras conseguir los datos observamos que no solo fueron 300 espartanos a enfrentarse a la gran legión de Jerjes. Se le da mucha importancia al ejército espartano, ya que todas las unidades que no salen representadas en la película decidieron otorgar el máximo poder a las unidades espartanas.
Averiguamos que las tropas que lucharon contra los persas fueron diez mil aproximadamente, aunque los entrenados como guerreros oficiales tan solo fueron los 300 espartanos).

La primera batalla entre griegos y persas se libraría en un lugar llamado valle de las Termópilas, un angosto desfiladero caracterizado por su estrechez.
Allí esperó a los persas un ejército compuesto por 300 hoplitas espartanos (a los que hay que sumar otros 600 ilotas, pues cada espartano llevaba dos siervos a su servicio), 500 de Tegea, otros 500 de Mantinea, 120 de Orcómeno y 1.000 hoplitas del resto de Arcadia: 400 de Corinto, 200 de Fliunte, 80 de Micenas, 700 tespios y 400 tebanos, además de 1.000 focenses.
Las unidades aliadas no tardaron en reconocer el prestigio de las tropas espartanas a pesar de ser bastantes menos, pero estos al poseer más reputación y ser los únicos soldados profesionales pronto decidieron delegar en ellos.
Según las fuentes clásicas griegas, los soldados persas conformaban un ejército que oscilaba entre los 250.000 y el millón de efectivos, su comandante era Jerjes, emperador de Persia.

300 Hoplitas Espartanos:

El hoplita formaba parte de la infantería pesada, el foco central de la guerra en la Antigua Grecia. La palabra hoplita (del griego ὁπλίτης, hoplitēs) deriva de hoplon (ὅπλον, plural hopla, ὅπλα), lo que quiere decir "artículo de armamento o equipamiento". Estos soldados aparecieron probablemente a finales del siglo VII a.C. Formaban parte de una milicia ciudadana, armada como lanceros y con una formación de falange. Éstos eran relativamente fáciles de armar y mantener, y además podían pagar el coste del armamento. Casi todos los griegos famosos de la Antigüedad lucharon como hoplitas, incluso filósofos y dramaturgos.


600 Hilotas:

El Hilota o Ilota (griego antiguo Εἵλωτες, Heílôtes) era el siervo de Esparta. No hay que confundirlos con los esclavos-mercancía, que existían además pero que eran más bien raros.
El hilotismo se halla también en otras sociedades griegas, como Tesalia, Creta o incluso Sicilia.
Los hilotas ocupaban una situación muy inferior a la de los espartanos.

500 de Tegea:

Tegea fue la ciudad principal de Arcadia en la grecia antigua. Estaba situada al sudeste del país y su territorio se llamaba Tegeátida.
Los Tegeanos lucharon contra los espartanos en otras ocasiones por conseguir la independencia plena.

500 de Mantinea:

Mantinea (Mantineia, Μαντίνεια), moderna Paleópoli, fue una de las antiguas y poderosas ciudades de Arcadia, en la frontera con la Argólida, al sur de Orcómeno y al norte de Tegea. Su territorio se llamaba Mantinice (Μαντινική). Su nombre derivaría de Mantineo, hijo de Licaón. Estaba siempre en guerra con sus vecinos de Tegea.

120 de Orcómeno:

Orcómeno era una localidad griega situada al oeste de Beocia, estaba emplazada en el extremo oriental del monte Aconio, al noroeste del lago Copaide o Copais, en el lugar actual de Skiprou (que actualmente ha recuperado el nombre de Orchomenós) y sobre la desembocadura del Cefiso. Orcómeno, fiel a Esparta durante la guerra del Peloponeso, como otras ciudades de Arcadia, era una ciudad importante, tanto por su pasado como por su posición estratégica en el centro del Peloponeso.

1.000 hoplitas del resto de Arcadia:

400 de Corinto, 200 de Fliunte, 80 de Micenas, 700 tespios y 400 tebanos.
Arcadia, en griego Arkadia o Arkadhía (‘región de los osos’), es una prefectura de Grecia, en la región del Peloponeso. Recibió su nombre del héroe mitológico Arcas.

1.000 focenses:

Prefectura de Grecia. Fócida o Fócide (Griego moderno: Φωκίδα/Fokída, Antiguo/Katharevousa: Φωκίς/Phokis.) Es una región antigua de la Grecia central y una prefectura regional en Grecia. Durante la guerra del Peloponeso Fócida fue nominalmente un aliado dependiente de Esparta y a esas alturas había perdido todo control sobre Delfos.


Víctor Jiménez Jiménez, David Tapia Ybarra, corresponsales de guerra
1ºBach B

Historia de Gorgo


Mi amor, te echo de menos, todo aquí es difícil, tengo en mi memoria el día en que partiste para las Termópilas, siento que todos están en conspirando contra nosotros, quiero que vuelvas conmigo. Con tu escudo a encima de él, pero vuelve. (...)
Ayer quedé con el jefe de la asamblea para poder mandarle a mi esposo ayuda: más guerreros. Trescientos hombres, aun tan valientes como nosotros, son pocos. Morirán sin duda. Me dijo que sería un poco difícil conseguirme ir a la asamblea pero que lo intentaría. Ha de lograrlo. Después de todo, soy la reina.
Theron estaba siempre al acecho, pendiente de mí, de todo lo que hacía, de lo que hablaba. No tuve más remedio que acudir a él para que me defendiera en la asamblea para poder mandar al ejercito junto a mi amado Leónidas. Sabía lo que me pediría a cambio. Tuve que pagar un precio muy alto, no solo por Leónidas, sino por Esparta. Theron me da asco. No obtuve placer, pero sí dolor y vergüenza. Si mi marido vuelve, vengará esta vergüenza. Él comprenderá y me perdonará. A mí, no a ese gusano. (...)
El jefe de la asamblea ya ha hablado conmigo: en dos días compareceré en la asamblea y podría dirigirme a todos y espero que me hagan caso antes de que sea tarde. (...)
Llegó el día y dije todo lo que pensaba. Los ancianos estaban contentos de la forma que hablé y defendí mi postura con mucha fuerza. Theron me miraba y veía que lo que había dicho les llegó al corazón a todos los presentes. Menos a él, que no tiene corazón. Se puso de pie y empezó a ponerme impedimentos, dijo delante de todos lo que tuve que hacer para llevarme su favor, pero me calumnió además alegando que el jefe de la asamblea se acostó conmigo a cambio de apoyarme. No soportaba más lo que estaba escuchando. Con todo mi odio y rabia cogí una espada y se la clavé hasta que cayó al suelo. Con él se derramaron desde el interior de su túnica montones de monedas del rey Jerjes, haciendo ver a todos que estaba comprado por él. Salí de allí orgullosa de lo que había hecho, aunque fuera cruel, pero mi corazón me decía que había hecho lo mejor. (...)
Uno de los días en lo que te esperaba en el mismo sitio de donde partiste vi a alguien que se acercaba. Mi corazón dio un vuelco de emoción. Pensé que regresabas a mi lado, pero viendo a la persona que se acercaba, la pude identificar: era Dilios que regresaba solo, con paso cansado y con un semblante serio. No me gustaba lo que estaba viendo: tenía una venda en la cabeza tapándole un ojo. Se detuvo delante de mí, me cogió la mano entregándome un mechón de tu cabello, dándome a entender que no volverías de ninguna forma junto a mí, ni con tu escudo, ni sobre él.
Pero en mi corazón estarás siempre.
Mi hombre, mi rey, mi amor.

lunes 10 de marzo de 2008

El malo de la película


Mi nombre es Theron y yo soy el consejero del rey. Me tienen por hombre astuto y cruel. En verdad soy hombre que ha viajado y como tal considero que la vida no es únicamente esta región desolada, esta estrechez de miras que supone vivir solo para la batalla. Soy un traidor a Esparta y sus principios, ya lo sé, pero mi intención es buena: quiero para mi país la vida mucho más fácil y feliz que tienen en otras partes de Grecia.
Cierto que he pactado con Jerjes. El gran Rey tiene mucho que ofrecernos. Yo tendré una gran posición si llega a vencer a Leónidas, pero no es esa mi motivación principal, al menos no es la única, tengo que decir en mi descargo. Intento mejorar la vida de mis conciudadanos, esta bárbara existencia que llevamos, privados de todos los placeres, y quiero a una mujer. Espero que, si cae Leónidas, la reina Gorgo al fin será mía.
He llegado a un acuerdo con los persas para que Esparta caiga. Cuento con la ayuda de los Éforos, dispuestos a cualquier cosa con tal de contar con dinero y recibir oráculos vírgenes de vez en cuando. Fue fácil seducirlos para que convencieran a Leónidas de que honrara la Karneia y no fuese a la batalla. Me daba lo mismo que lo convencieran o no, en realidad. Si Leónidas desobedece a los Éforos, está condenado igualmente. Lo importante es que no hubiera acuerdo entre ellos y el rey.
Leónidas morirá en la batalla. Los persas son demasiados. Conozco el valor del rey y de los trescientos hombres que lo acompañan, pero los persas se cuentan por millones.
Sé que la Reina, mi amada, intentará convencer al Consejo para que envíen más tropas para auxiliar a Leónidas. Ya la tengo en mis manos. Sin mi ayuda no podrá conseguir los votos necesarios. Y mi ayuda la voy a cobrar. Hace mucho tiempo que espero el momento en que ella tenga que pedirme algo.
Por fin será mía la reina. Por fin toda Esparta será mía.

viernes 7 de marzo de 2008

La partida


Leónidas ha decidido desobedecer a los éforos.
Nos arriesgaremos a violar el descanso sagrado de la Karneia. El oráculo nos anuncia la derrota de toda Grecia.
Pero mi rey no cree en la sabiduría de los éforos, no cree ni siquiera en la santidad del oráculo.
Y yo, Ártemis, pienso como él.
Esos viejos hace tiempo que están podridos, que actúan por motivos que ya nada tienen que ver con los ideales de Esparta. Actúan movidos por su propio egoísmo. No quiero imaginar ni qué pretenden conseguir.
Y la pobre chica que en este momento hace de oráculo solo es un títere drogado, sin voluntad, que solo puede repetir las palabras que previamente le han ordenado pronunciar.
Yo apoyo a mi rey, trescientos hombres valientes lo apoyamos y caminamos con él hacia la muerte o la victoria
Porque desde nuestra agogé nos han enseñado que nuestro primer deber es defender Esparta.
Ahora nos encontramos en un gran campo de trigo, marchamos hacia las Termópilas, siguiendo el plan de nuestro líder.
Leonidas se despide de su mujer”Adiós, mi amor”. Él no lo dice, lo piensa porque no hay lugar para la ternura, no en Esparta, ni para la debilidad, solo los fuertes y los duros se pueden considerar espartanos. Él piensa que no la volverá a ver, que no volverá a Esparta, pero se traga su pena y sonríe a su esposa y a su pequeño hijo. Todos actuamos igual. Mi hijo viene conmigo. Es ya un hombre adulto como nosotros. Yo siento orgullo de que nos acompañe.
Al alba partimos, los rudos arcadios nos reciben con quejas. Los Arcadios vienen en tropel, son novatos pero valientes, parlotean, discuten e incluso se ríen. Somos siete mil y marchamos…hacia la boca del infierno…marchamos.
Llegamos a las Termópilas y Zeus apuñala el cielo con sus rayos, Poseidón se levanta, se ha despertado furioso con su tridente arañando las estrellas.Vemos como las inmensas olas destruyen barcos persas, júbilo, risas, canciones, plegarias para que siga la tormenta hasta el amanecer. Solo uno mantiene su reserva espartana, solo uno, solo el rey. Sus pensamientos son amargos. En el fondo de su corazón, no cree que tenemos oportunidad alguna. Los persas son demasiados incluso para nosotros. Desde aquí podemos ver que se cuentan por millones.

miércoles 5 de marzo de 2008

La doncella-oráculo



Yo soy el Oráculo, antes una joven normal, ahora una chica secuestrada, violada y humillada por unos horribles y sarnosos viejos, los éforos.
Los éforos tenían como función vigilar a los reyes y vetar sus decisiones. Son cinco viejos rijosos que me utilizan para saciar sus deseos y para decir, a través de mí, palabras que supuestamente procedian de los dioses para interpretar las predicciones a su favor. Vivían en Esparta, alejados de de la ciudad, en lo alto de un montículo de difícil acceso a fin de que nadie pudiera controlar sus actuaciones.
Yo era una muchacha que destacaba por su belleza. No tenía grandes aspiraciones, o al menos eso creía entonces. Ahora recuerdo con dolor mis sueños: casarme con un guerrero, formar una familia y llevar la vida normal que lleva una mujer en Esparta, esa vida que Plutarco describe con exactitud:
Nuestra educación atendía como uno de los primeros objetos al matrimonio y a la procreación de los hijos. Entrenábamos nuestros cuerpos en correr, luchar, arrojar el disco y tirar con el arco, para que los hijos, al desarrollarse en unos cuerpos robustos, nacieran más sanos y fuertes; y para que nosotras, en los partos, pudiésemos aguantar alegre y fácilmente los dolores. No se nos permitía relajarnos ni estar ociosas como a las mujeres de otros pueblos. En todo iguales a los hombres, podíamos reirnos con ellos y reprenderlos incluso. Aunque lo que más merecen nuestros compañeros son elogios, tan valientes y decididos son. No nos daba vergüenza compartir sus juegos y reuniones, incluso competir con ellos. Se cuenta de Gorgo, mujer de Leónidas que, diciéndole una forastera: “¿Cómo vosotras solas las Espartanas domináis a los hombres?” respondió:“También nosotras solas parimos hombres”.
Eso soñaba yo: entrenarme con mis amigas desde pequeña para ser digna compañera de mi esposo y tener hijos fuertes y sanos. Tener un esposo que me quisiera al que mirar de igual a igual, que se sintiera orgulloso de mí. Y ahora me encuentro en un lugar repugnante, donde mis sueños se han destrozado. Ni siquiera sabría decir de qué forma llegué aquí. Pienso que fui drogada. Mi belleza fu e mi maldición. Los éforos escogen a las más hermosas para su servicio.
No tengo más esperanza que morirme aquí dentro y hacerlo pronto porque llegará el día no lejano en que se cansen de mí y bajen a la ciudad a elegir una nueva víctima. Entonces yo seré desechada. O bien sucederá que nos dominarán los crueles persas y ellos se encargarán de proporcionar a los viejos oráculos vírgenes a diario, tal como han prometido.
Pero no sé lo que sucederá. En realidad no soy capaz de adivinar ni mi propio destino.